1 de noviembre de 2026

EL OJO DE UN BUEY

La cola de un pájaro (que puede ser un milano o una paloma), el pavimento en espiga o el diente de sierra adquieren su denominación en el campo de la construcción por un raro paralelo perceptivo. Una ventana redonda y convexa parece el ojo de un buey mirando de costado y entonces, por un inexplicable hechizo, se empieza a popularizar su uso en el terreno de la arquitectura... En todo vocabulario la semejanza formal actúa como mecanismo de motivación de numerosas palabras, pero la selección y la persistencia de cada metáfora dependen de la lexicalización, la transmisión profesional y la historia particular de cada lengua. Solo sobreviven las que consiguen arraigar, como semillas, en la imaginación y en el vocabulario de las profesiones involucradas. Sucede con la medicina, el derecho o la misma economía.

El caso es que nadie sabe explicar por qué "el ojo de buey" tuvo más arraigo en el mundo de la construcción que el marinero término "portillo", aun refiriéndose al mismo tipo de ventanuco redondo y circular. Es leyenda que en Versalles se tiraron dos habitaciones para hacer una sola en la que Le Nôtre insertó una ventana ovalada que se hizo famosa como "œil-de-bœuf". Por mucho que el significado arquitectónico de ese ojo se documentase en francés hacia 1530, su persistencia en Versalles es significativa. Esa antecámara pasó a ser el sitio donde los cortesanos esperaban a que el rey decidiese si los recibía. Es decir, el ojo de buey los miraba como un enorme cíclope o como un Argos revivido...

El mundo de las formas es misterioso. Por ejemplo, y pese a su similitud, el rosetón de una catedral recibe su nombre de la flor, aun a pesar de ser tan redondo y tan ventana como los ojos de buey. Las ventanas de las naves espaciales y de los aviones son ojos de buey y no rosetones por algo igualmente inexplicable. El caso no es que los bueyes no dispongan de suficiente dignidad, que se lo digan a Dios, que nació arrullado por el calor de un buey (y una mula).

No hay una respuesta única a estos misterios de la arquitectura relacionados con las palabras. Palabras cercanas y hermosas, que recordamos como reglas mnemotécnicas gracias a la presencia de una poderosa imagen tras ellas, y que tal vez no solo pervivan en el vocabulario de la arquitectura por un inesperado eco formal, sumado a un éxito parecido al que posee entre los adolescentes de cada época el "mola mazo", el "hasta luego Lucas" o el "six-seven".

 

A bird’s tail (which might belong to a kite or a dove), herringbone paving and sawtooth profiles all acquire their names in the building trade through a curious perceptual analogy. A round, convex window looks like the eye of an ox seen from the side, and then, by some inexplicable spell, its use begins to spread in architecture... In any vocabulary, formal resemblance helps motivate the creation of numerous words, but the selection and persistence of each metaphor depend on lexicalisation, professional transmission and the particular history of each language. Only those that take root, like seeds, in the imagination and vocabulary of the professions concerned survive. The same happens in medicine, law and economics.

The fact is that no one can explain why “bull’s-eye” became more firmly established in the building trade than the nautical term “porthole”, even though both refer to the same kind of small, round window. Legend has it that at Versailles two rooms were knocked together to make one, into which Le Nôtre inserted an oval window that became famous as an *œil-de-bœuf*, or bull’s-eye. Although the architectural use of the term is documented in French as early as around 1530, its persistence at Versailles is significant. That antechamber became the place where courtiers waited for the king to decide whether to receive them. In other words, the bull’s-eye watched them like an enormous Cyclops, or a resurrected Argus...

The world of forms is mysterious. Take the rose window of a cathedral: despite its resemblance to a bull’s-eye, it takes its name from a flower. And yet it is just as round, and just as much a window, as a bull’s-eye. The windows of spacecraft and aeroplanes are called bull’s-eyes, not rose windows, for reasons that are equally inexplicable. It is not that oxen lack sufficient dignity. Just ask God, who was born lulled by the warmth of an ox (and a mule).

There is no single answer to these architectural mysteries of language. These are familiar, beautiful words that we remember as mnemonic devices because of the powerful image behind them. Perhaps they survive in the vocabulary of architecture not only because of an unexpected formal echo, but also because they enjoy the same kind of success as the catchphrases embraced by teenagers in every generation: “As if!”, “Talk to the hand” or “six-seven”.