10 de mayo de 2026

BREVE HISTORIA DE LOS CONDUCTOS

De todos los conductos que atraviesan la arquitectura doméstica, los más antiguos se remontan a la evacuación del humo. De hecho, desde que existe la arquitectura, la mayor parte del tiempo el ser humano ha estado respirando gases y partículas nada saludables fruto de la combustión del fuego y soportando el hollín acumulado sobre las paredes de sus casas, sus enseres, su ropa y su piel. La chimenea, invento de lo más reciente, aparece entre el románico y el gótico, y su sencilla tecnología supuso un cambio en la calidad ambiental de los hogares casi a la altura de la llegada del agua corriente en el siglo XIX. Desde entonces, los interiores no solo lograron estar más secos, cálidos y limpios, sino que el ambiente de la casa escondió para siempre sus entresijos.
Ciertamente, la manera de calefactar el hogar ha tenido ancestrales formas de funcionamiento. Pienso en las soluciones romanas en las que el calor se distribuía por el suelo con una eficacia que ya quisieran para sí los modernos suelos radiantes. El hipocausto era un invento genial, pero de imposible aplicación cuando la casa estaba dispuesta en altura. En las insulae, es decir, en los edificios romanos de pisos acumulados en vertical, el pasar frío o el recurrir a peligrosos braseros era el único consuelo para sobrevivir en las temporadas menos apacibles.
Las chimeneas, desde el siglo XI, permitieron, no obstante, cambiar el confort hogareño de un modo hasta entonces inimaginable. El fuego de la chimenea se mantenía durante todo el invierno y se alimentaba con carbón vegetal, turba o madera almacenada en cobertizos fuera de la casa. El fuego se cuidaba como provechoso animal doméstico, por la cuenta que traía a sus habitantes, siempre en riesgo de acabar chamuscados. Hasta que no se perfeccionó la chimenea, las ciudades se incendiaban como grandes teas. Que se lo digan a París o Londres, cuyos incendios más famosos se produjeron precisamente por el ansia generalizada de dejar de pasar frío sin tener un control preciso de lo que sucedía con las chimeneas, con sus chispas lanzadas al viento o el exceso de calor cercano a sus estructuras de madera. Con todo, y desde ese instante, esas canalizaciones se convirtieron en conductos que recorrían, imparables y serpenteantes, las casas, ofreciendo el símbolo perfecto de las tuberías ocultas que desde entonces poblaron la arquitectura.
Hoy, que los tabiques se ahuecan para dejar pasar cables y más cables, aire acondicionado, conductos de agua y gas, no está de más recordar que la chimenea fue el primer gran gusano de la arquitectura. Y, como especie autóctona pionera, merece justo reconocimiento.
 
Among all the conduits that run through domestic architecture, the oldest are those devoted to the evacuation of smoke. For most of architectural history, human beings have lived while breathing the by-products of combustion, inhaling unhealthy gases and particles, and enduring soot settling on the walls of their homes, their belongings, their clothes and even their skin. The chimney, a relatively recent invention, emerged between the Romanesque and Gothic periods. Its simple technology transformed the environmental quality of the home, in a way comparable—though centuries earlier—to the arrival of running water in the nineteenth century. From that moment on, interiors became drier, warmer and cleaner, and the house began to conceal its inner workings.
Heating, of course, has taken many forms over time. One might think of Roman solutions in which heat circulated beneath the floor with an efficiency that modern underfloor systems would still envy. The hypocaust was an ingenious invention, but one unsuited to a vertically organised dwelling. In the insulae, those multi-storey Roman buildings, enduring the cold or resorting to dangerous braziers remained the only way to survive the harsher seasons.
Chimneys, from the eleventh century onwards, nevertheless transformed domestic comfort in ways previously unimaginable. The fire was kept alive throughout the winter, fed with charcoal, peat or wood stored in sheds outside the house. It was tended like a useful domestic animal, because of the dependence it created, always with the risk of burning those who cared for it. Before chimneys were properly developed, cities burned like vast torches. Paris and London offer well-known examples, where major fires arose from the widespread need for heat combined with the lack of control over sparks, flues and overheated timber structures. Yet from that moment on, these channels became conduits running, relentless and sinuous, through the house—an early and precise image of the hidden pipework that would later populate architecture.
Today, as partitions are hollowed out to accommodate cables, air-conditioning ducts, and water and gas lines, it is worth remembering that the chimney was architecture’s first great worm. And, as a native and pioneering species, it deserves recognition.
 

3 de mayo de 2026

LOS VIRGUEROS

Existe un raro profesional del detalle que persigue el ajuste más allá de lo razonable. El detalle se convierte en sus manos en un derroche mal entendido. La virguería sin fundamento es algo muy penalizado por la historia y por los clientes, que rara vez quieren gastar su dinero en algo insustancial, por muy bien hecho que esté.
El virguero es quien, a pesar de dominar su oficio, no entiende nada de su oficio. Y emplea forma de más a cambio de un lucimiento que le deja siempre en mal lugar con el paso del tiempo. El virguero emplea recursos de todo tipo para lograr no se sabe bien qué, pero con un objetivo que acaba convertido en mero despilfarro sin alma. Se les aplaude, eso es cierto. Pero luego se les huye. El virguero no tiene ni la gracia ni el ángel del amante del ornamento. Como puede comprobarse, el resultado del trabajo de los virgueros raramente acaba en un encuentro virtuoso o en una solución memorable, sino más bien en un puro fiasco, como aquellos excesos empolvados de la ópera del siglo XVIII. Consecuentemente, todos debiésemos estar en guardia frente a este abismo. Uno puede cometer una virguería ocasionalmente, claro está, pero si se empeña en perseguir la virguería por sistema, puede convertirse en un pelma del detalle: es decir, en un virguero de aúpa.
El ajuste sin fin acaba derrochando materia, tiempo, habilidad y termina sin funcionar siquiera. El canalón retorcido no desagua, por mucho que aspire a volverse invisible tras la forma de la cornisa y el capitel. Por si alguien tuviese aún la tentación de postularse a esa cofradía, baste recordar que la sede de los virgueros está situada en uno de los círculos del purgatorio, donde se reúnen todos, muy hacendosos, y pasan la vida eterna fabricando y fabricando esquinitas que ajustan a las mil maravillas con otras esquinitas en un fractal sin fin sobre el que está sentado un sonriente Belcebú.
A los verdaderos virtuosos se les reconoce, en todos los tiempos, por el capotazo bien tendido, por el tono de voz susurrante y por la pincelada justa. Por construir con lo necesario en el sitio necesario. El virguero que aspire, pues, a la redención debe someterse al cultivo de esa otra religión del minimalismo y dejarse de lo que, dicho con otras palabras más castizas, se conoce con el precioso nombre de "chorradas". De un cirujano se espera que nos opere sin que tenga que hacer virguerías. Si ha tenido que hacerlas, mal pronóstico nos espera. Otro tanto cabría decir del arquitecto.
 
There is a rare kind of professional devoted to detail who pushes precision beyond what is reasonable. In their hands, detail turns into a misguided excess. Groundless virtuosity is heavily penalised by both history and clients, who rarely wish to spend money on something insubstantial, however well made it may be.
The virguero is someone who, despite mastering their craft, fails to understand it. They rely on excess form in pursuit of a display that, over time, leaves them in a poor light. The virguero deploys every possible resource to achieve something undefined, driven by an aim that ultimately becomes nothing more than soulless waste. They are applauded, certainly. But soon avoided. The virguero lacks both the grace and the instinct of those who truly understand ornament. As experience shows, their work rarely results in a truly accomplished solution or a memorable outcome, but more often in outright failure, like the overpowdered excesses of eighteenth-century opera. For that reason, we would do well to remain wary of this abyss. One may indulge in a flourish from time to time, of course, but to pursue it systematically is to become a bore of detail: in other words, a full-fledged virguero.
Endless adjustment wastes material, time, and skill, and ultimately fails to function. A twisted gutter will not drain, however much it tries to disappear within the form of the cornice and capital. For anyone still tempted to join that fraternity, it is worth recalling that the virgueros reside in one of the circles of purgatory, where they gather, industrious as ever, condemned to fabricate endless tiny joints that fit perfectly into one another, forming an infinite fractal beneath the watch of a smiling Beelzebub.
True virtuosos, by contrast, are recognised in every age by the well-judged gesture, the hushed tone, and the exact brushstroke: by building with what is necessary, where it is necessary. The virguero, if they seek redemption, would do well to submit to the discipline of minimalism and abandon what, in plainer terms, is known as “unnecessary excess.” A surgeon, after all, is expected to operate without resorting to flourishes. If such manoeuvres are required, the prognosis is poor. The same should be expected of the architect.