Egipto conserva las huellas de estos tipos de engarces en templos y en diferentes piezas de mobiliario desde la primera dinastía de los faraones, pero este sistema se puede encontrar en los cinco continentes. Vitruvio habla de estas formas de unión en dos ocasiones en sus diez libros de arquitectura, y lo hace como de pasada, con la misma naturalidad de quien da por supuesto que lo probado con éxito no merece mayor comentario. Pueden rastrearse encuentros resueltos con esta modesta forma de costura en las tumbas de los emperadores chinos, en los milenarios templos dedicados a Siva en la India, en la Grecia arcaica, en la cultura maya o en el más recóndito lugar del mundo hace miles de años, lo cual nos descubre que se trata de uno de esos raros inventos sin inventor, a la altura de la mismísima rueda.
En la unión en "cola de milano" encontramos la primera y, a la vez, más moderna junta seca inventada por el hombre. En la ligera variación de sus ángulos existe una sutil resistencia a tracción de la pieza. Unión que sirve para coser piedra o madera, para los modernos plásticos que salen de una impresora 3D, para el acero o la cerámica, no ha dejado de mostrar su utilidad en ninguna civilización o arte, evitando, gracias a su pura forma, el desplazamiento de las piezas entre sí, en un sistema que puede ser un extraordinario oráculo de lo que sería el minimalismo. En Japón, donde las uniones de la madera han hecho de la profesión de carpintero una religión, tienen en ese primer nudo su más noble origen.
Ancestral como es el propio ser humano, cuando pensamos en el contexto arquitectónico en que vivía el Homo sapiens hace treinta mil años y lo imaginamos cosiendo pieles o bastos tejidos con tendones de animales y agujas de hueso, no podemos dejar de imaginar que también debió aparecer cerca de aquella civilización de costureros otro tipo de forma de conexión de la materia mediante esas pajaritas de piedra, metal o madera que servían para mantener unida la parte sólida del mundo.
Egypt preserves traces of these joints in temples and pieces of furniture dating back to the first dynasty of the pharaohs, yet this system can be found across all five continents. Vitruvius refers to these joints twice in his Ten Books on Architecture, and he does so almost in passing, with the naturalness of one who assumes that what has proven successful requires no further comment. This modest form of stitching can be traced in the tombs of Chinese emperors, in ancient temples dedicated to Shiva in India, in archaic Greece, in Mayan culture, or in the most remote corners of the world thousands of years ago. All this reveals that it is one of those rare inventions without an inventor, on par with the wheel itself.
In the dovetail joint we find the first, and at the same time the most modern, dry joint invented by humankind. In the slight variation of its angles lies a subtle tensile resistance within the piece. A joint that serves to stitch stone or wood, modern plastics emerging from 3D printers, steel, or ceramics has never ceased to demonstrate its usefulness across civilizations and crafts, preventing, through its very form, the displacement of its parts. In Japan, where timber joinery has elevated carpentry to a kind of religion, this first knot stands as its noblest origin.
As ancient as the human being itself, when we imagine the architectural context in which Homo sapiens lived thirty thousand years ago, sewing skins or coarse fabrics with animal tendons and bone needles, we should also imagine that another form of connection must have appeared alongside that civilization of seamsters: those bow-tie shapes in stone, metal, or wood that served to hold together the solid part of the world.



















