Ciertamente, la manera de calefactar el hogar ha tenido ancestrales formas de funcionamiento. Pienso en las soluciones romanas en las que el calor se distribuía por el suelo con una eficacia que ya quisieran para sí los modernos suelos radiantes. El hipocausto era un invento genial, pero de imposible aplicación cuando la casa estaba dispuesta en altura. En las insulae, es decir, en los edificios romanos de pisos acumulados en vertical, el pasar frío o el recurrir a peligrosos braseros era el único consuelo para sobrevivir en las temporadas menos apacibles.
Las chimeneas, desde el siglo XI, permitieron, no obstante, cambiar el confort hogareño de un modo hasta entonces inimaginable. El fuego de la chimenea se mantenía durante todo el invierno y se alimentaba con carbón vegetal, turba o madera almacenada en cobertizos fuera de la casa. El fuego se cuidaba como provechoso animal doméstico, por la cuenta que traía a sus habitantes, siempre en riesgo de acabar chamuscados. Hasta que no se perfeccionó la chimenea, las ciudades se incendiaban como grandes teas. Que se lo digan a París o Londres, cuyos incendios más famosos se produjeron precisamente por el ansia generalizada de dejar de pasar frío sin tener un control preciso de lo que sucedía con las chimeneas, con sus chispas lanzadas al viento o el exceso de calor cercano a sus estructuras de madera. Con todo, y desde ese instante, esas canalizaciones se convirtieron en conductos que recorrían, imparables y serpenteantes, las casas, ofreciendo el símbolo perfecto de las tuberías ocultas que desde entonces poblaron la arquitectura.
Hoy, que los tabiques se ahuecan para dejar pasar cables y más cables, aire acondicionado, conductos de agua y gas, no está de más recordar que la chimenea fue el primer gran gusano de la arquitectura. Y, como especie autóctona pionera, merece justo reconocimiento.
Heating, of course, has taken many forms over time. One might think of Roman solutions in which heat circulated beneath the floor with an efficiency that modern underfloor systems would still envy. The hypocaust was an ingenious invention, but one unsuited to a vertically organised dwelling. In the insulae, those multi-storey Roman buildings, enduring the cold or resorting to dangerous braziers remained the only way to survive the harsher seasons.
Chimneys, from the eleventh century onwards, nevertheless transformed domestic comfort in ways previously unimaginable. The fire was kept alive throughout the winter, fed with charcoal, peat or wood stored in sheds outside the house. It was tended like a useful domestic animal, because of the dependence it created, always with the risk of burning those who cared for it. Before chimneys were properly developed, cities burned like vast torches. Paris and London offer well-known examples, where major fires arose from the widespread need for heat combined with the lack of control over sparks, flues and overheated timber structures. Yet from that moment on, these channels became conduits running, relentless and sinuous, through the house—an early and precise image of the hidden pipework that would later populate architecture.
Today, as partitions are hollowed out to accommodate cables, air-conditioning ducts, and water and gas lines, it is worth remembering that the chimney was architecture’s first great worm. And, as a native and pioneering species, it deserves recognition.




















