25 de octubre de 2026

DESAGUAR

Si el territorio ha construido con el paso de los milenios valles y cauces de ríos para conducir la lluvia hasta el mar, la arquitectura realiza un esfuerzo no menor para que el agua salga cuanto antes de sus posesiones. Recogerla, conducirla y expulsarla da lugar a detalles que reproducen, a escala reducida, los cortados, torrenteras y saltos de agua de la propia naturaleza. Cada cubierta a dos aguas divide como un cuchillo romo el flujo que cae del cielo como lo hacen las faldas de una montaña. Cada obra de arquitectura, es, por tanto, un momentáneo y minúsculo desvío en una masa transparente e imparable que lucha por llegar, cuanto antes, al suelo.

Por muy planas que sean sus cubiertas, o escasas las ocasiones de lluvia o nieve en un clima, todo tejado debe permitir, gracias a su diseño, la evacuación del agua. Tal es la preeminencia de esta necesidad que las formas que tratan con la lluvia, el hielo y la nieve han producido un vocabulario tan rico como el de la propia geografía: gárgolas, caños, meones, imbornales, canalones, sumideros, albañales, bajantes, atarjeas, aliviaderos, rebosaderos... Cada palabra habla del flujo y de los esfuerzos por conducirlo. Cada una es, a su manera, un fragmento de paisaje jibarizado.

Al construir un tejado, el arquitecto se comporta como un agrimensor, capaz de calcular el ancho y la pendiente de un terreno, como un agricultor, que organiza acequias y canales de riego, y como un pastor, que crea cercas y recintos, estrecha el paso del agua y la deja llegar al suelo del modo más eficaz y hermoso posible. En todo ello, sin embargo, es la gravedad quien empuja el líquido hacia abajo, como un perro que conoce bien su oficio.

Esa orografía de los tejados, esos "caminos del agua", permite lidiar con un ganado sin forma, asalvajado e indomable, capaz de generar su propio paisaje sobre ese otro paisaje interior que se trata de proteger. De esos caminos se espera tanta coherencia indumentaria y elegancia como las que existen, al menos, entre un ser humano y su sombrero.

 

If, over millennia, the land has carved valleys and riverbeds to carry rainwater to the sea, architecture makes no lesser effort to ensure that water leaves its domain as quickly as possible. Collecting, channelling and expelling it gives rise to details that reproduce, on a reduced scale, the cliffs, ravines and waterfalls of nature itself. Every pitched roof divides the flow falling from the sky like a blunt knife, much as the slopes of a mountain do. Every work of architecture is therefore a momentary, minuscule diversion in an unstoppable, transparent mass striving to reach the ground as quickly as possible.

However flat their roofs may be, or however rarely rain or snow falls in a given climate, every roof must, through its design, allow water to drain away. So fundamental is this need that the forms devised to deal with rain, ice and snow have produced a vocabulary as rich as that of geography itself: gargoyles, spouts, scuppers, gutters, drains, sewers, downpipes, culverts, drainage channels, overflow outlets... Each word speaks of the flow of water and the efforts made to direct it. Each is, in its own way, a fragment of a shrunken landscape.

In designing a roof, the architect behaves like a land surveyor, able to calculate the width and gradient of a plot; like a farmer, who organises irrigation ditches and channels; and like a shepherd, who builds fences and enclosures, narrows the passage of water and guides it to the ground in the most effective and beautiful way possible. Through all this, however, it is gravity that drives the water downwards, like a dog that knows its job well.

The topography of roofs, those "paths of water", makes it possible to manage a shapeless, wild and untameable herd, capable of creating its own landscape over the inner landscape it is meant to protect. These paths are expected to display the same sartorial coherence and elegance as that found, at least, between a human being and their hat.

 

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