9 de agosto de 2026

EL VIEJO ARQUITECTO

Con el paso del tiempo al viejo arquitecto le aparecen en sus entrañas algo más que goteras, cierta rigidez en las arterias y, ocasionalmente, tumores. Entre sus huesos pueden verse instaladas las arquitecturas que ha visto, parido o digerido a lo largo de su vida. Si los leones son corderos deglutidos, los viejos arquitectos contienen en su seno cientos de plantas de catedrales, palacios, museos y capillas. Incrustados en su ADN existen pórticos, rincones y loggias. Escuchan por escaleras, tragan sus alimentos por pasillos que parecen esófagos, hablan por una puerta angosta y replegada semejante a la embocadura secreta en un muro fortificado y miran el mundo desde un cerebro lleno de rincones, nichos y ventanas.
El interior de un viejo arquitecto está plagado de espacios que no son ya los de simples pulmones, corazón o hígado, sino que constituyen una sucesión de lugares que puede recorrerse por alguien más que por un simple médico con esa microcámara entubada que se emplea para las colonoscopias.
El interior de los viejos arquitectos dista mucho del que pensó Francesco di Giorgio Martini cuando, a finales del siglo XV, representó a un hombre inscrito en una iglesia como si fuese su sepulcro. Aquel hombre era joven y apolíneo, sin embargo, el viejo arquitecto está encorvado y seguramente camina achacoso. No es imposible imaginar que no sea solo por el peso de la edad.
Los viejos arquitectos, créase o no, están repletos de esas estancias. Cada año tienen un hueco más en su interior. Pregúntenles y verán. Asómense a sus viejos ojos y verán, al fondo, un corredor iluminado desde lo alto que conduce a un gran salón repleto de espejos.
 
With the passing of time, the old architect acquires rather more than a few leaking roofs, a certain stiffness in the arteries and, from time to time, the odd tumour. Within him lie not only bones and organs, but also all the architecture he has seen, brought into the world or digested over the course of his life. If lions are made of the lambs they have eaten, old architects carry within themselves the plans of hundreds of cathedrals, palaces, museums and chapels. Their DNA is laced with porticoes, corners and loggias. They hear through staircases, swallow their food along corridors that resemble oesophagi, speak through a narrow, recessed doorway like a secret opening in a fortified wall, and look out upon the world from a mind filled with corners, niches and windows.
The interior of an old architect is no longer made up simply of lungs, heart and liver. It has become a succession of spaces that can be explored by someone other than a doctor wielding the tiny camera used for colonoscopies.
The interior of old architects bears little resemblance to the one imagined by Francesco di Giorgio Martini when, at the end of the fifteenth century, he depicted a man enclosed within a church as though it were his tomb. That man was young and Apollonian; the old architect, by contrast, is stooped and most likely walks with the aches of old age. It is not hard to imagine that age is not the only weight he carries.
Whether you believe it or not, old architects are full of such rooms. Every year another hollow appears within them. Ask them and you will see. Look into their ageing eyes and, deep inside, you will glimpse a corridor lit from above, leading to a great hall filled with mirrors.
 

2 de agosto de 2026

SOBRE EL PLAFÓN

Los rosetones de escayola tuvieron sentido en el siglo XIX. En una ciudad de techos altos y con molduras de escayola, el rosetón en medio de la habitación suponía ceder a la suciedad implícita de las lámparas de gas una zona de sacrificio donde, con total seguridad, el techo iba a cubrirse de hollín. El plafón era, por tanto, una forma de disimulo ornamental, una manera de reclamar un espacio en la habitación para una lámpara colgada y una forma de ocultar la irregularidad de su siempre impredecible forma de sujeción.
Con la llegada de los cables eléctricos, que debían atravesar los forjados y el yeso mediante perforaciones, el rosetón servía además para disimular las chapuzas. Es decir, y resumiendo, el rosetón, el rodapié, la masilla y el copete son familiares directos del tapajuntas. El error debe disimularse. Cuando algo se sabe que va a quedar mal, sucio o irregular, la decoración de interiores (y la arquitectura ha hecho suyo este mandamiento) debe colocar un tapa-lo-que-sea que evite la vergüenza de ver las cosas sucias saliendo de cualquier modo al exterior, como hernias inadvertidas.
El rosetón puede ser considerado, por tanto, una de las consecuencias de una ciudad y una sociología periclitadas. Por mucho que las bóvedas góticas tuviesen rosetones en sus claves y bóvedas de crucería, el plafón de escayola, blanco en ocasiones o pintado de otros colores para hacerlo contrastar con la pintura del cielorraso, resolvía aspiraciones inalcanzables, como eran ya los techos artesonados o construidos con delicados casetones. La inevitable pureza del techo liso debía ofrecer alguna zona emperifollada, eco de ese "quiero y no puedo", en torno a la cual se confiaba, además, introducir la iluminación y falsas lámparas de araña.
El caso es que el plafón sigue como reliquia en algunos interiores contemporáneos. Uno de los motivos añadidos de su pervivencia no es ornamental, sino que sigue siendo además geométrico: es una masa capaz de señalar un centro en las habitaciones. En este sentido, los plafones son, a todos los efectos, un puntazo. Es decir, un rastro arqueológico de cuando el homo sapiens confiaba en la geometría y la decoración, simultáneamente, como una poderosa palanca para organizar el espacio.  
Plaster ceiling roses made sense in the nineteenth century. In a city of high ceilings adorned with plaster mouldings, placing a ceiling rose at the centre of a room meant conceding a sacrificial zone to the inevitable grime of gas lamps, a place where the ceiling was bound to become coated with soot. The ceiling rose was, therefore, a form of ornamental camouflage, a way of claiming a place in the room for a hanging light fitting and of concealing the irregularity of its invariably unpredictable means of attachment.
With the arrival of electric wiring, which had to pass through floor slabs and plaster by means of drilled holes, the ceiling rose also served to disguise botched workmanship. In short, the ceiling rose, the skirting board, filler and cornice are all close relatives of the cover strip. Mistakes must be concealed. Whenever something is bound to end up untidy, dirty or uneven, interior decoration (and architecture has made this commandment its own) resorts to some sort of cover-up to spare us the embarrassment of seeing dirt and imperfections spilling out into view like unnoticed hernias.
The ceiling rose may therefore be regarded as one of the consequences of a city and a social order that have long since disappeared. However much Gothic vaults featured bosses at the intersections of their ribs, the plaster ceiling rose, sometimes left white and sometimes painted in contrasting colours against the ceiling, sought to recreate aspirations that had already become unattainable: coffered ceilings or delicately panelled ones. The inevitable purity of the smooth ceiling still demanded some over-ornamented flourish, an echo of that perennial "so near and yet so far", around which it was hoped to introduce both lighting and imitation chandeliers.
The fact is that the ceiling rose survives as a relic in some contemporary interiors. One reason for its persistence is no longer ornamental but geometric: it is a solid form capable of marking the centre of a room. In this respect, ceiling roses are, in every sense, a dot. In other words, they are an archaeological trace of a time when Homo sapiens placed its faith in geometry and decoration, simultaneously, as a powerful lever for organising space.