13 de septiembre de 2026

FARMEAR AURA DE LA BUENA

El aura era eso que emanaba de las figuras sagradas como un halo tras sus cabezas. Los santos eran seres con aura (por mucho que se les retratase sobre todo con ese resplandor llamado nimbo). También el aura, en tiempos más modernos, era eso de lo que hablaba Walter Benjamin como algo condenado a desaparecer tras la época de la reproductibilidad técnica, y ya ven. El caso es que, para entender el auge del aura, lo mejor es pensar que esta y el «punctum» son primos carnales, al menos tanto como lo son la gracia y el salero andaluces.
El aura no representa una propiedad de los cuerpos, sino que es una emanación de la forma de estar en el mundo. Lo cual es lo mismo que decir que las cosas contienen más de lo que dejan ver. Benjamin dijo que el aura era «la aparición única de una lejanía, por cercana que pueda estar».
El aura, pues, nunca termina de estar delante de nosotros, sino que se sitúa en una posición diferente, como lo hace la sombra, pero de luz y lejos del suelo. El aura está cerca de sus poseedores, sin duda, pero conserva algo del carácter de lo lejano y de lo intocable. Es eso, pues, que las cosas y las personas hacen sin hacer nada. Es una presencia que no necesita anunciarse, que está ahí y que, precisamente por estarlo, parece arrojar energía por sí misma. Puede que por eso el vidrio no pueda retener el aura, vuelve a recordarnos Benjamin.
Hay personas con aura, como también hay edificios que la desprenden a raudales. Fallingwater house, como se ve, tiene aura. Ronchamp también. La casa Malaparte y Can Lis desprenden aura a toneladas. Hay edificios que parecen ganar aura con los años, como si el tiempo, en lugar de desgastarlos, fuera depositando sobre ellos una maravillosa capa invisible. Cada década, +50 de aura. Ahora los jovenzuelos dicen que el aura se puede farmear. Conviene recordarles que no es solo una cosa de postureo, sino que hay edificios que, solo por su presencia, son una fábrica de aura. Basta un selfie con esas obras de fondo para salir de allí tan iluminado y brillante como las vírgenes de Murillo.
 
Aura was what emanated from sacred figures like a halo behind their heads. Saints were beings with aura (even though they were most often portrayed with that radiance known as a halo). In more modern times, aura was also what Walter Benjamin spoke of as something condemned to disappear after the age of technical reproducibility, and yet here we are. The point is that, to understand the rise of aura, it is best to think of it and the «punctum» as close cousins, at least as much as grace and salero, those quintessentially Andalusian qualities, are.
Aura does not represent a property of bodies, but rather a form of emanation from the way of being in the world. Which is another way of saying that things contain more than they reveal. Benjamin said that aura was «the unique appearance of a distance, however near it may be».
Aura, then, never quite ends up being in front of us, but occupies a different position, as a shadow does, only made of light and far from the ground. Aura is close to those who possess it, without a doubt, but it retains something of the character of what is distant and untouchable. It is that, then, which things and people do without doing anything. It is a presence that needs no announcement, that is simply there and that, precisely because it is, seems to cast out energy by itself. Perhaps that is why glass cannot retain aura, Benjamin reminds us once again.
There are people with aura, just as there are buildings that exude it in abundance. Fallingwater house, as can be seen, has aura. Ronchamp does too. The Malaparte House and Can Lis exude aura by the ton. There are buildings that seem to gain aura with the passing years, as though time, instead of wearing them away, were depositing upon them a wonderful invisible layer. Every decade, +50 aura. Now the youngsters say that aura can be farmed. It is worth reminding them that it is not merely a matter of posturing, but that there are buildings that, simply by their presence, are aura factories. All it takes is a selfie with one of these works in the background to leave there as illuminated and radiant as Murillo’s Virgins.
 

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