21 de mayo de 2018

MALDITOS RODAPIÉS


Los rodapiés son unos inventos de lo más razonable porque protegen el contacto de un suelo y una pared. Pero no porque ese contacto sea agresivo y paredes y suelos se lleven a rabiar. Sino porque los pies de las personas parecen tener la costumbre de manchar las paredes en ese preciso encuentro. Extrañamente los humanos juegan a dar patadas a las paredes en sus partes bajas. Y las paredes emplean ese escudo para parapetarse de nosotros. 
Podría pensarse que la historia del rodapié es tan vieja como la historia del zapato y de las paredes, pero no. La historia del rodapié coincide más bien con la de la limpieza. Cuando una pared aspira a permanecer limpia tiene que recurrir a esa junta. Por eso no es casualidad que podamos encontrar rodapiés en algunas pinturas de Vermeer, (aunque se trate de un solo modelo, un azulejo historiado blanco y azul que no casa con el suelo ni con sus paredes en diseño ni color), pero no en los cuadros de Velázquez. Lo cual es significativo de hasta qué punto el rodapié está ligado a la historia del limpiar la casa y de cómo cada país empieza esa historia en momentos diferentes. 
Y conste que el rodapié no es simplemente una pieza que protege de los humanos a las paredes sino que también sirve para esconder las humedades que ascienden por ellas, como trepando. Silenciosas. Y dejando manchas de moho a la mínima, precisamente en esos lugares. El material de los rodapiés, por eso mismo, trata de ocultar con su dureza o su resistencia al agua, esos desperfectos. El rodapié debe ser más fácil de limpiar que la pared misma. Y cuando crecen sobre la pared y suben por ella, cambian su nombre por uno más sonoro y con mejor fama: “zócalo”. Sin embargo ni zócalos ni rodapiés permiten arrimar ningún mueble a la pared, (salvo la estantería Billy de Ikea gracias a su mordisco con forma de rodapié de su esquina y con la que ningún rodapié real encaja). 
En fin, después de toda esta teoría del rodapié no sería justo olvidar que otra de sus principales razones es la de tapar los fallos de construcción del suelo en su encuentro con la pared. Tal es su éxito para esconder defectos que los rodapiés de esa “indecencia del mal ajuste” han pasado a ocupar lugares donde no hay pies, pasándose a llamar “copetes”. Hoy no hay encimera de cocina sin su copete. Nombre simpático pero que no hace sino distraernos de que en realidad son rodapiés para los ojos. Y entonces sí que son malditos rodapiés, porque no dejan ver la verdad de las cosas.

5 comentarios:

eduvino dijo...

discrepo de lo de tapar fallos... en realidad esos "fallos" son juntas de movimiento!!!

bueno, no siempre...

por lo demás, excelente!

Santiago de Molina dijo...

Tal vez, bien visto por ese lado. Muchas gracias, eduvino!!. Saludos!!

Formación dijo...

Pues yo la verdad es que odio los rodapies. No me gustan nada. Entiendo su utilidad, pero prefiero una pared con continuidad. Aunque entiendo que es algo muy subjetivo y mi opinión es meramente estética, claro.

Alejandro Francisco Ferreiro Senande dijo...

Hola Santiago y permíteme que te tutee (habiendo sido alumno tuyo me voy a tomar esa libertad anticipadamente).

Después de mucho tiempo he empezado a leer tu blog otra vez (el tiempo que tengo libre o cuando sé que nadie me mira en la oficina, como ahora mismo), y sin ser demasiado zalamero te agradezco el tiempo que dedicas para que te lea. La forma que considero que tienes de expresar cada uno de los elementos de la vivienda (muro, paredes, etc.) como seres con su propia vida y rol en una ciudad (=vivienda) que deben de interactuar entre sí como si de personajes de una novela se tratasen, no solo hace que me guste más ser arquitecto si no que me instruye para ser mejor. Siento no haber hecho una réplica propiamente académica a tu artículo, pero esta vez sólo quiero expresar mi gratitud; excelentes artículos con ‘x’ mayúscula.

Un abrazo.
Alejandro Ferreiro

Santiago de Molina dijo...

Muchas gracias por tu vuelta y tu amabilidad Alejandro.
Estoy muy contento por tu reencuentro.
Un abrazo