20 de junio de 2016

VENTANA, EN FEMENINO


Las ventanas emiten señales tan indescifrables como ciertas. Azorín decía: “Mirad bien esas casas: todas tienen ventanas; pero entre todas habrá una con una ventana pequeña, misteriosa, que hará que vuestro corazón se oprima un momento con inquietud indefinible… Yo no sé lo que tiene esa pequeña ventana: si hablara de dolores, de sollozos y de lágrimas.” (1).
Las ventanas son proyecciones hacia el exterior, emiten en una frecuencia casi inaudible pero extienden su mensaje como lo hace en la noche un animal desconocido.
Tras la ventana los escritores y los pintores de todos los tiempos han retratado mujeres tejerosas o contemplativas. “Si hay una esperanza de rescatar el espacio privado del círculo viciado y letal de la clausura, reside desde luego en estas mujeres limítrofes que se apoyan en el marco de la ventana, del lienzo, de la vida.” (2).
En la historia de los hombres, la mujer ha sido el alma del espacio doméstico y la ventana el mensaje de su confinada presencia. ¿Acaso el empleo de las fachadas completas de vidrio y la desaparición en arquitectura de las ventanas guarda alguna relación con los grandes avances de los movimientos feministas antes que con el desarrollo de la técnica constructiva del vidrio?...
Sin embargo las ventanas son por sí mismas seres transitivos, por su propia constitución, y tienen sentido gracias a ese carácter híbrido capaz de conciliar lo imposible sin ser necesaria la presencia luminosa de una mujer tras ellas. Es decir, si las ventanas son indudablemente de género femenino, no es puramente por una cuestión de historia o etimología. (A pesar de que el ventanuco, masculino, sea una mala ventana por pequeña y mal situada).
Las ventanas son de género femenino no porque esa fuera precisamente la manera habitual que tenían los hombres de proyectar su deseo, desde fuera, sobre la evanescente aparición de una mujer asomada a su quicio, (como dice Carmen Martín Gaite), sino porque sin ese carácter específicamente femenino no podría resolver la infinita complejidad de ser un mecanismo complejo y bifronte, volcado hacia dos mundos a la vez, de una manera hermosamente unitaria.

(1) Azorín. Las Confesiones de un pequeño filósofo. Espasa-Calpe, Barcelona,1984 (1904), pp. 137
(2) Fernández-Galiano, Luis. El Espacio Privado, Cinco Siglos en Veinte Palabras, Centro Nacional de Exposiciones, Dirección General de Bellas Artes y Archivos, Madrid, 1990, pp. 331

2 comentarios:

ricardo sargiotti dijo...

estimado santiago, ante todo, excelente tu blog.
tu post de hoy sobre la ventana y la mujer, sumado al ventanear de un tiempo atrás, coinciden de una manera increíble con un racconto infinito que estoy llevando adelante como investigador amateur sobre la ventana.
en mi caso todo empezó con matisse (y sus mujeres-ventanas) y el fascinante cuento de saki "the open window". de ahi en más no pude parar de coleccionar imágenes, relatos, analogías y, obviamente, fantasías. el material (y el tema) es tan expansivo que sus derivaciones terminan por tomar vida propia. de todas ellas, la que relaciona la mujer con la ventana es de particular potencia y de muchos interrogantes.
el campo de la pintura es el que más satisfacciones me viene dando, a las innumerables pinturas de matisse, se suman las (casi metafísicas) de hopper, pero también munch, dalí o caspar david friedrich. la fotografía no se quedó atrás, anita ekbert retratada junto a ventanas por peter basch nos dejó muchas más sutilezas que la fontana de trevi. y así podríamos seguir.
nuevamente, gracias por tu blog.

Santiago de Molina dijo...

Ricardo, muchas gracias por tu atenta lectura y por tu generoso comentario. Me alegra mucho la coincidencia de temas. Creo además que no se agotan.
Un cordial saludo