7 de octubre de 2019

EL PRIMER CONTACTO DEL HOMBRE CON LA ARQUITECTURA NO FUE LA CASA


Joseph Rykwert teorizó sobre la casa de Adán en el Paraíso, argumentando que si éste tenía un huerto, necesariamente tendría utensilios para su cosecha, y almacén donde guardarlos y por tanto, casa. Pero en realidad ninguna construcción era necesaria en un lugar sin clima adverso ni hostilidades. En el Paraíso, Adán y Eva debieron campar felices en un interior continuo y amable. El Paraíso era un lugar tan íntimo y acogedor como aparentemente ilimitado. Y precisamente por eso, allí no había arquitectura. No era necesaria. 
Conocemos el resultado de lo acaecido tras el posterior “fatal error gastronómico”. Expulsados de un lugar inmejorable, aquellos primeros ancestros, tuvieron que hacerse conscientes de un “afuera” que les obligaba a taparse. Desconocemos si el muro que cercaba el Paraíso tuvo que ser inventado por Dios en el preciso instante de la colosal rebeldía o si existía con anterioridad, pero Adán y Eva no habían sido conscientes de la presencia de ese cierre hasta el momento de su partida. 
Los pintores medievales retrataron el paradisiaco huerto y sus límites e incluso la puerta del exilio. Esa puerta, primer mecanismo fronterizo, fue el primer contacto del hombre con la arquitectura. A menudo se ha insistido en la importancia fundacional de la cabaña primitiva, pero que la primera aproximación del hombre a la arquitectura tuviese lugar gracias a una puerta no es un detalle menor. A estas alturas no parece necesario subrayar el inmenso carácter simbólico del libro del Génesis. 
Masaccio intuyó maravillosamente la importancia del papel de la puerta cuando en uno de los frescos de la capilla Brancacci, la convirtió en la señal del exilio. Desde su arco, un haz de rayos negros, el rostro desencajado de Eva y un ángel exterminador señalando hacia una dirección hasta entonces desconocida, son los signos de un irrepetible momento de tránsito. Sin embargo el gesto definitivo de esa puerta irreversible está concentrado en el talón de Adán, demasiado atrás respecto al cuerpo. Un gesto que muestra el último paso antes de abandonar un lugar perfecto, donde no existía ni frío, ni vergüenza. Ese talón aun hoy parece resistirse a salir y muestra a Adán entre dos mundos. 
Cuando hacemos una puerta esa resistencia debería ser contemplada y debería recordar la enseñanza que ofrece Masaccio: cada puerta toca dos niveles de realidad y no solo dos espacios contiguos. Cada puerta representa un estado intermedio, suspendido entre dos esferas que se tocan en algún lugar, aunque no sabemos si ese contacto se produce fuera o dentro de nosotros.

6 comentarios:

alejandro conty EXCENIA dijo...

Sugerente reflexión como siempre. Gracias Santiago. Tengo la sensación de no haber resuelto nunca bien una puerta: el enigma del hueco en el muro.

Santiago de Molina dijo...

No se quien se sentirá satisfecho con el diseño de sus puertas.
Te entiendo bien.
Muchas gracias, Alejandro.

José Ramón Hernández Correa dijo...

He visto muchas veces ese fresco de Masaccio y no había reparado en el talón de Adán.
Es cierto: Tiene mucho de dramático. Lo último en irse. No querer irse. Aún no se ha ido del todo...
Muchas gracias por tus observaciones siempre atentas y agudas.

Santiago de Molina dijo...

José Ramón, gracias a ti por tu lectura, tu tiempo y tu siempre apreciado comentario.
Un abrazo

zamorahernan dijo...

Siempre es un placer leer sus breves ensayos. Invitaciones a pensar y recrear lo sentido.

¿Acaso, entonces, el primer contacto del hombre con la Arquitectura fue el paisaje y, la puerta, la primera cicatriz que su rebelión dejó en los horizontes dados por Dios?

Gracias y nos seguiremos encontrando, con mucho gusto, en sus páginas.
Saludos.

Santiago de Molina dijo...

Hernán,
Muchas gracias por tu constancia. Ahora que lo pienso, llevas toda la razón.
Tal vez el paisaje jugara ese papel que tú le atribuyes.
Un saludo