De las muchas cosas que las puertas pueden enseñarnos una de las más sugerentes no es esa ficción verosímil sino otra de no menor trascendencia fabulatoria: cada puerta lo es por ser una membrana de muchas sustancias. Las puertas dejan pasar al habitante, pero igualmente, al frío con él. Las puertas dejan pasar los olores de la calle y de los vecinos por sus rendijas. Por las puertas se cuela el viento y hasta en ocasiones asoma la nieve o el agua bajo sus hojas cerradas. Las puertas se hinchan, rozan y cambian de tamaño. Las puertas chirrían y se oxidan. Las puertas dejan pasar virus, enfermedades y plagas bíblicas. Las puertas son el apretón de manos que nos da el edificio. Las puertas bajo sus hojas son buzones ocasionales para cartas y mensajes. Las puertas son esos seres maravillosamente hostiles a los cambios, siendo en si mismas causantes de muchos. Las puertas dejan pasar noticias, rumores y en ocasiones a ladrones. Las puertas son tenazas que pillan los dedos o el pie acostumbrado del vendedor de enciclopedias. Las puertas dejan pasar ríos.
Y pobre de aquella puerta que no aspire, al menos, a todas esas cosas, además de entrar y salir.
4 comentarios:
...pero cuando se abren, son tan hospitalarias!
Una reflexión preciosa.
Muchas gracias, ChusdB!!
Enhorabuena.
Lo que diferencia a un arquitecto de los que serán agraciados por la LSP, es simplemente esto. Una puerta es mucho más que un "copiar y pegar" de una biblioteca de CAD...
Hola Luis
Llevas toda la razón. En las puertas se ven diferencias siempre. Gracias por pasarte por aquí.
Sigo con interés tu labor de divulgación técnica: http://lacasadelascasas.com/
Un saludo
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