7 de junio de 2026

LA CICATRIZ

St. George's Church, Lalibela, Ethiopia
Existe un fino y ancestral hilo que conecta la minería y la arquitectura. En la raíz de ambas, el extractivismo toma cuerpo con fines no muy diversos. Ambas oradan la tierra en busca de valiosos minerales, piedras, carbón o arcilla con los que construir otras cosas. Ordeñan las entrañas del mundo para sacar de él vetas de raros metales o simple mármol. El extractivismo, tan mal visto hoy por su impacto ecológico, político o social, roza ya lo delictivo. Sin embargo, sigue formando parte de nuestro futuro. De las tierras raras depende el avance de la tecnología; de la piedra y de sus minerales dependen no solo el beneficio de grandes compañías, sino también, si se devuelven a sus legítimos poseedores, posibles caminos de redistribución de la riqueza de países enteros.
Hoy, cuando toda extracción de recursos parece culpable en sí misma y solo confiamos en los materiales cultivables y en la economía circular, quedan algunos monumentos dispersos por el mundo que debieran recordárnoslo. Tal vez pueda hacerse de la arenisca roja en la que fue excavada Petra, del suave tufo volcánico en el que se oradó la arquitectura troglodita de Capadocia, del durísimo basalto sobre el que permanece tallado el templo de Kailasa, en la India, o de la capilla dedicada a San Jorge, en Etiopía, monumentos que conmemoren la materia raptada y el mismo acto de excavar del que procedemos como especie.
La arquitectura es una disciplina nacida de materiales sacados del paisaje y transformados en productos de la construcción. Desde el vidrio al acero o al hormigón, todo material fue raptado de algún lugar que conserva una cicatriz. Ese robo a la tierra parece fundarse en la ancestral ilusión de un préstamo jamás devuelto. Si todo extraer tiene un origen y un coste, quizá merezca la pena reciclar algunos de los monumentos extractivos del pasado para recordárnoslo. 
A fine and ancient thread connects mining and architecture. At their common root lies extractivism, shaping both disciplines toward surprisingly similar ends. Both dig into the earth in search of valuable minerals, stone, coal or clay from which other things may be made. Both milk the planet’s entrails for veins of rare metals or for something as simple as marble. Today, extractivism, questioned for its ecological, political and social consequences, borders almost on criminality. Yet it remains inseparable from our future. Technological development depends upon rare earths; entire economies continue to depend upon stone and mineral wealth which, if returned to their rightful owners, might even become tools for redistributing prosperity across nations.
At a moment when every act of resource extraction appears inherently suspect and faith is increasingly placed in circular economies and renewable materials, some monuments scattered across the world deserve to remind us where we come from. Petra carved from red sandstone; the troglodyte architecture excavated into the volcanic tuff of Cappadocia; the temple of Kailasa cut into unforgiving basalt; or Saint George’s chapel in Ethiopia: perhaps these should stand as monuments not only to architecture but to excavation itself, commemorating both stolen matter and the act through which humanity materially emerged.
Architecture is ultimately a discipline born from matter removed from the landscape and transformed into construction. Glass, steel and concrete all originate in places that still bear scars. This theft from the earth rests upon an ancient fantasy: the idea of a loan that never needs repayment. If every act of extraction carries both an origin and a cost, perhaps some extractive monuments from the past deserve preservation precisely because they remind us of that debt.

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