12 de octubre de 2020

LOS HUEVOS DE KOOLHAAS



No deja de ser misterioso que una de las primeras imágenes empleadas por Rem Koolhaas para presentar al mundo su “Oficina de Arquitectura Metropolitana” fuera la imagen de un huevo del que emergía un edificio como si se tratase del más inocente de los polluelos. Como inicio de una andadura profesional el gesto es tan explicativo como poco estudiado. Sobre todo porque ese huevo se ha repetido luego en tal cantidad de ocasiones que, de hecho, puede formar una teoría. 
Los huevos en la obra de Koolhaas, en sus versiones de elipsoides o esféricas, han aparecido desde entonces de maneras más o menos sutiles en su obra. En el concurso de “Columbus Circle” plantó uno glauco y misterioso como el de los peces. “La ciudad del Globo cautivo” no era sino otra de sus variantes. Más tarde, quién sabe si por la influencia del ruso Leonidov, aparecieron otros injertados en obras como el Educatorium de Utrech, en el maravilloso proyecto de la biblioteca de París, en la planta del monstruoso edificio construido en Lille, en el proyecto de Zeebrugge, en Taipei, o incluso en el pabellón de la Serpentine Gallery... No puede atribuirse a la casualidad su amor por el ovoide injertado como un objeto extraño. Plantar tanto huevo, además de ser algo que roza el capricho, supone reconocerse como un ovíparo de primer orden. Y eso a pesar de la dificultad de tratar con semejantes formas. 
Como bien supieron Apolodoro de Damasco, Ledoux o Boullé, los huevos y las esferas son figuras incontrolables y están condenadas a tener suelo y a contradecir su forma a poco que se quieran ocupar con arquitectura. Por mucho que el ovoide sea una de las formas preferidas por la vida, debido a que pierde muy lentamente su calor y que protege su interior contra todo mordisco depredador, cuando se dejan en tierra firme tienen la mala fortuna de rodar y rodar. Por eso fijarla en un punto requiere de un “nido” que detenga su movimiento, o de un Colón o un Brunelleschi ingenioso. 
En muchos mitos de creación el huevo aparece como forma primordial. Sin embargo Brahmanda en la india, o el Tot egipcio son meras reliquias frente al crudo realismo que rezuman los del arquitecto holandés. Con todo, algo de religioso, o más bien de principio vital, poseen en su obra cuando se injertan o cuando asoman tumoralmente entre el resto de forjados ordinarios. Identificar esas formas con un programa, sea auditorio, o cabina de proyección de cine, no llega siquiera a explicarlos por completo. Es decir, no hay funcionalismo que soporte el uso de un huevo en arquitectura. Por eso solo cabe entenderlos como un recordatorio de su permanente vinculación con un tipo de onírico aprecio por lo inexplicable. "Toda obra debe contener una dosis de misterio", nos parece decir con ellos. Por mucho que su arquitectura se muestre brutal, cruda y hasta rendida al mercado y sus implacables lógicas, debe contener una fuga hacia la ensoñación de la que, por supuesto, nunca hablará.

4 comentarios:

Esteban Fernández-Cobián dijo...

Realmente curioso, sí... Y tal vez sea contagioso. El último proyecto de alguien tan ortogonal como Alejandro de la Sota, la restauración del Cabildo Insular de Las Palmas de Gran Canaria, también tenía un huevo en su interior... ¡Habrá que andar con cuidado!

justocup@gmail.com dijo...

Buff, Santiago. Como siempre das en la diana!
En mi humilde opinión diría que Rem los tiene cuadrados. Este asunto del huevo cósmico en la arquitectura de OMA solo puede ser tomado en serio desde la ironía o la frivolidad manifiesta. El símbolo, el mito, la bóveda celeste,... y el huevo, son conceptos que se han manifestado con éxito en pocas obras de la arquitectura, todas maestras, como Santa Sofía, El Panteón, la Domus Áurea, Sant Ivo alla Sapienza, algunas obras de Guarini,... uno siente, y siempre desde dentro del huevo esa experiencia de elevación y/o flotación, de volver a la protección del útero, de contemplar el firmamento,... en todas estas obras subyace el símbolo de la esfera, del huevo, y que dota a la arquitectura de sentido y conmueve el alma. Ahora alguno me cascará por mi opinión pero siempre he pensado que los huevos de Koolhass carecen de la alquimia y la ‘sapienza’ de un Brunelleschi o un Borromini.
Tampoco creo que le interese demasiado. ¡Viva Las Vegas!
Gracias como siempre por tus escritos, siempre invitan a la reflexión. Un fuerte abrazo,

Justo

Santiago de Molina dijo...

Justo!
Muchas gracias por tu atenta lectura y por tu tiempo. Estoy muy de acuerdo contigo en que la ironía posmodernos asoma en esas redondeces de Koolhaas.
Un abrazo fuerte

Santiago de Molina dijo...

Esteban, Gracias por tu lectura y tu dato. Aunque Alejandro de la Sota no haría huevos, sino bombillas. Saludos