26 de noviembre de 2018

LA CASA DE LA MEMORIA. LOS ALMACENES DEL TIEMPO.


Nuestra memoria se debilita. Ese órgano, antes soporte de todo conocimiento, se ha vuelto frágil debido a la facilidad de acceso a cualquier información en cualquier lugar y momento. Hemos delegado en dispositivos electrónicos los números de teléfonos de nuestros seres queridos y cómo llegar a los sitios. No intentamos ya recordar datos, ni fechas, ¿Para qué si están a un solo "click" de distancia? Tampoco poesía, ni canciones, a pesar de que intuimos que gracias a ellas construimos el tono del lenguaje y del pensamiento que habitamos. Parece que la memoria se ha retraído tanto que ha llegado a atrofiarse…
Y sin embargo y paradójicamente, la casa no ha dejado de ser un depósito creciente de objetos y de sus recuerdos asociados. Almacenamos cosas, sin cesar, entre sus paredes, en sus estantes y trasteros. Y no solo lo hacemos debido a la presión consumista de la sociedad contemporánea. La propia casa, en cada uno de sus rincones, gracias a sus luces o atardeceres, gracias a sus materiales o tamaños particulares, ha llegado a representar para nosotros momentos concretos del pasado y sirve para rememorarlos de una forma vívida. Gracias a la múltiple apropiación simultánea que representan la visión, el tacto, el olfato y los sentimientos asociados al espacio habitado, misteriosamente, hemos vinculado a ellos un pedazo de memoria. Gracias al espacio, recordamos el tiempo.
Lo digital ha sido capaz de anestesiar nuestra memoria, es cierto. Pero enredados en las redes y bajo un tsunami imparable de datos, no hemos dejado de ser organismos de carne y hueso que se cobijan en construcciones materiales cargadas de recuerdos. Ese quizá eso sea uno de los pocos signos de esperanza que quedan para una profesión que desde su nacimiento era ya anciana, y que ha estado siempre guiada por valores despreciados, como son la continuidad y la historia. Una profesión que, a pesar de todo, tendrá futuro siempre que sea capaz de fabricar un especial tipo de asperezas, de rincones o lugares, un tipo distinto de casas, que sirvan de recipiente de esa valiosa sustancia que son los recuerdos.
Porque no solo habitamos en el espacio, también habitamos el tiempo.  

8 comentarios:

Loren dijo...

Y mientras habitamos el tiempo; el tiempo va haciendo mella, como dices, en nuestra cabecita.

Vale la pena ir más tranquilo, depender menos de la tecnología y respirar. Toca respirar.

Me acordé de este post leyendo el tuyo:¿Qué le está haciendo Internet a nuestros cerebros?
http://asociacioneuc.org/documentos/docsEUCs/62EUCNicholasCarr.pdf

Santiago de Molina dijo...

Hola Lorenzo,
Carr no es muy optimista que digamos. ¿Y si la arquitectura sirviera para compensar algo de eso?... Gracias por el envío y tu lectura. Abrazos!

Pipina dijo...

Me encantó: "Gracias al espacio, recordamos el tiempo". Qué bella es la arquitectura!!!

Albert dijo...

A propósito de la casa como contenedor de recuerdos, en "La Náusea" Jean Paul Sartre afirma "El pasado es un lujo de propietario" y sigue: "Nadie se mete el pasado en el bolsillo, hay que tener una casa para acomodarlo". Felicidades por el artículo.

Santiago de Molina dijo...

Lo es, Pipina. Muchas gracias por tu lectura!!

Santiago de Molina dijo...

Albert, muchas gracias por la cita de Sartre. Muy inspiradora. Un saludo y gracias por tu lectura!!

Paula M Núñez dijo...

Vuelvo a leer esta entrada y casa vez me gusta más. Has expresado con mucha belleza y sencillez parte del sentido que tiene nuestra disciplina, que el hombre pueda habitar el espacio y el tiempo. ¡Gracias Santiago!

Santiago de Molina dijo...

Muchas gracias, Paula. Si las lecturas se agradecen, las dobles lecturas no te imaginas!
Un saludo