31 de octubre de 2016

¿QUÉ DIABLOS ES EL ESPACIO?


Entender las relaciones entre el cuerpo y el espacio como una manifestación artística estuvo muy de moda en los años setenta. Por entonces, experiencias como inclinar suelos, fabricar espacios inhabitables y apoyarse en paredes de modo inverosímil constituían una alternativa a los parques de atracciones infantiles. 
Mientras artistas y espectadores comenzaban a saltar, pasear o escalar por las instalaciones de los museos, casi siempre acompañados de gritos y exclamaciones indecorosas, los directores de los mismos, algo desconcertados, no tuvieron más remedio que esgrimir una forzada y tolerante media sonrisa. A fin de cuentas era arte… 
Reivindicar el cuerpo como instrumento de contacto con el mundo, era no sólo un acto de desacralización de los museos y de las prácticas artísticas, sino de pura política. Y lo era porque como acto igualitario, cualquiera podía experimentar aquellas experiencias artísticas sin conocimientos previos ni soportar largos discursos teóricos. Para experimentar el placer del espacio, bastaba “jugar en él”, participar de sus ofrecimientos. 
Como puede imaginarse el espacio pronto fue abandonado como tema de museo. El espacio y las placenteras relaciones con el cuerpo debían estar enclaustrados en el día a día hasta volverse, de nuevo, invisibles. Sin embargo allí se aprendió una cosa que tal vez los tiempos nos hagan conveniente recordar: del mismo modo a como sentimos la utilidad de la mano izquierda, un dedo o un tobillo sólo cuando se inutilizan o están escayolados, el espacio nos hace tomar consciencia del cuerpo. El espacio hace presente la individualidad de cada uno de nosotros. Nos particulariza en su relación con él.
Lo cual recuerda esa anécdota de David Foster Wallace: "Hay dos jóvenes peces que nadan y a cierto punto encuentran un pez anciano que va en la dirección opuesta, hace una señal de saludo y dice: 'Hola muchachos, ¿cómo está el agua?' Los dos peces jóvenes nadan un poco más y luego uno se vuelve al otro y le espeta: '¿Qué diablos es el agua?'". 
Pues lo mismo con esa otra sustancia invisible: '¿Qué diablos es el espacio?'. Es eso que te permite ser consciente de ti mismo.

5 comentarios:

Néstor Casanova Berna dijo...

Hola:
Los arquitectos hemos prestado quizá una atención excesiva al espacio y seguimos, en muchos aspectos, soslayando el tiempo. (Basta ver cuán difícil se nos hace cumplir los plazos de obra, sin ir más lejos)
El problema que yo veo es que el espacio en sí mismo es una abstracción operativa de la conciencia, de la misma naturaleza que el tiempo en sí mismo.
Pero lo concreto es que habitamos lugares, esto es, unas estructuras espaciotemporales relativizadas constitucionalmente por la presencia estructurante del cuerpo.
Por ello, en mis reflexiones me he desplazado de la preocupación por el espacio a una fascinación _teórica y afectiva_ por los lugares.
Saludos desde Montevideo

Santiago de Molina dijo...

Los lugares, desde luego, son grandes recipientes de espacio. Un saludo Néstor y gracias por tu amabilidad y por tu comentario.

jairo galindo dijo...

Espacio, es la consciente limitación material y conceptual que contiene la existencia de lo vivo, lo inerte y lo abstracto. Por lo anterior, se podría inferir que El concepto del espacio deviene de la materialización de los límites de las visiones compartidas o no, del mundo subjetivo y objetivo.

Santiago de Molina dijo...

Gracias Jairo por tu comentario y por tu intento de delimitar un concepto verdaderamente inaprensible.
Un saludo cordial

Ciscaro dijo...

Supongo que es un concepto muy difícil de definir dependiendo del ámbito en el que se use. En la arquitectura por supuesto tiene mucha importancia y saber entenderlo es una gran virtud. Un saludo