16 de mayo de 2016

MALDITAS INSTALACIONES


Hasta Palladio habría sido peor arquitecto de haber tenido que lidiar con las malditas instalaciones.
Como un goteo incesante de espacios ocupados pero no habitados, no ha dejado nunca de maravillarme que en algún momento de la posmodernidad las instalaciones adquiriesen tan buena fama que todo arquitecto, cuando podía, las enseñaba como una ofrenda a su propia modernidad. Como quien abre la gabardina enseñando sus naderías, como quien luce una medalla, el museo Pompidou de París, con su exuberancia jeroglífica de tubos exteriores fue una de sus imágenes más populares. (Creo que el “efecto Beaubourg” era eso en realidad y no otra cosa). 
Desde entonces cabe sospechar de todo arquitecto que enseña sus cuartos de máquinas como el que enseña trofeos de caza. Porque es como el que luce una colección de cuernos de acero inoxidable colgando de la pared y sacando pecho de su extraordinaria y falsa actualidad. 
Las instalaciones, como los gases nobles, ocupan más de lo necesario a cambio de la incierta promesa del confort. Verdaderamente estamos frigorizados o calefactados a capricho, pero mientras, el consumo se dispara, el mundo se calienta como una pelota en un microondas y la arquitectura no mejora ni un ápice. 
Porque las instalaciones siempre suenan, vibran, nos dan con el chiflete del aire en el cogote en el peor momento de una siesta, siempre consumen de más y siempre requieren una actualización y un mantenimiento imposible. 
Las instalaciones son una maldición y son las primeras causantes de haber permitido que el cáncer de la construcción sin fin se haya extendido por doquier, porque gracias a ellas cualquier lugar del mundo se ha vuelto habitable confortablemente. Como las atmósferas que las instalaciones ofrecen son humectadas y temperadas a conveniencia de un simple botón, se puede construir un paraíso en el desierto o en mitad de un glaciar. Mientras, el exterior solo puede contemplarse como en una pantalla de televisión porque el exterior es una parte invisitable y hostil. Vamos, que fuera no hay quien esté.
Es decir, las instalaciones son también las responsables de que la arquitectura y el lugar hayan dejado de estar en perfecta comunión. 
Ellas y algún arquitecto malintencionado.

16 comentarios:

Lorenzo Martínez Morales dijo...

Muy bueno el artículo.

Me ha gustado mucho... A pesar de que me dedico profesionalmente justo a eso: a poner instalaciones en edificios ;)

bailarsobrearquitectura.com dijo...

Me ha gustado la referencia a los gases nobles, que me ha recordado las sabias e irónicas palabras de Óscar Tusquets en uno de sus artículos donde se asombraba de que unas oficinas puedan acomodarse perfectamente en un piso del ensanche con un modesto armario de instalaciones que en cambio se convierte en una gran cantidad de metros de cúbicos cuando ocupan un flamante edificio de oficinas y concluía algo así: "Las instalaciones siguen la teoría de gases y ocupan indefectiblemente todo el espacio que se les de. Por ello, hay que darles más bien poco".
Saludos,
Iago López

Santiago de Molina dijo...

Muchas gracias, Lorenzo. Tu comentario se agradece entonces doblemente. Un cordial saludo

Santiago de Molina dijo...

Iago, Muchas gracias por la referencia a Tusquets, que no conocía, pero que me temo que está extendida por propias experiencias.
Las instalaciones son una parte hoy imprescindible. Pero a uno le gustaría que fuesen más que una reserva de simple espacio... Saludos y gracias

Jesús Gallego dijo...

Gran artículo Santiago. Cuánto se echa en falta una reflexión más profunda sobre las instalaciones en los pfc, o por lo menos, con la misma reflexión con la que se afronta el proyecta desde la especialidad o desde la forma. No sólo de teoría vive el hombre, sino también de técnica.
Gracias por hacernos reflexionar con tus artículos.

Manolo dijo...

No me atrevo a calificar que te refieras a naderías como aquello oculto tras la gabardina...

;-)

Un abrazo, amigo.

Santiago de Molina dijo...

Gracias a ti Jesús!
Las instalaciones son parte indispensable de la arquitectura, consumen espacio y presupuestos y sin embargo se piensan como espacio disponible en demasiadas ocasiones. Un saludo y gracias!

Santiago de Molina dijo...

Un abrazo Manolo!
Allá cada cual con sus gabardinas.
:-)

Guillermo Cab dijo...

Estimado, creo que sabe tan bien como yo o como el resto de sus lectores, que los edificios, la arquitectura, sin instalaciones solo serían esculturas.

Aun así secundo su idea intrínseca de que el ser, arquitecto, usuario o proyectista, debe ser coherente con su entorno.

Saludos,

Santiago de Molina dijo...

Gracias Guillermo. Verdaderamente las instalaciones son imprescindible. No me gustaría defender lo contrario.
Sin embargo a veces son poco más que un peaje a la comodidad. Y contra eso uno se revela.
Saludos y gracias por tu comentario y la inteligente lectura!

Eduardo Solana dijo...

Gracias por la entrada, Santiago,
Creo que los arquitectos tenemos algún complejo no resuelto con las instalaciones. O renegamos de ellas, o (más raramente) las glorificamos. No sé a qué se debe; puede que tenga que ver con la forma en que, tradicionalmente, se han tratado las instalaciones durante nuestra formación. O quizá con el hecho de que, a menudo, tengan que ser otros técnicos los que participen en el proyecto para resolver ese aspecto, lo que implica necesariamente dejar de tener el control (el poder, en definitiva) sobre algunas áreas del proyecto.
Sin embargo, creo que las instalaciones son una variable más en ese sistema de ecuaciones que es el proyecto; sistema de ecuaciones que siempre tiene más incógnitas que ecuaciones, por cierto. Y debemos esforzarnos en controlarlas e interiorizarlas de la misma forma que, a lo largo del tiempo, hemos interiorizado otros sistemas del proyecto. Lo haremos, seguro, porque lo hemos hecho otras veces.
Pongo un ejemplo; hasta mediados del siglo XX (e incluso después) los arquitectos no estábamos familiarizados con la compleja serie de capas que incluye un cerramiento contemporáneo. El racionalismo propició la sustitución de soluciones masivas por fachadas ligeras, de poco espesor y mucho más sofisticadas. ¿Cabría pensar en hablar con un arquitecto de otra época anterior de lo que es una barrera de vapor, o de los requerimientos mecánicos para soportar acciones de viento? Y sin embargo, hoy manejamos estas variables con soltura.
Acabo esta pequeña encíclica acordándome de Alejandro de la Sota, que (cito de memoria, o sea con inexactitud) defendía la necesidad que debe sentir el arquitecto de disponer de un nuevo material o una nueva tecnología a su lado. Yo sigo creyendo en esa utopía de don Alejandro, en la que los edificios los construirían operarios con guantes blancos. Creo que el dominio de las instalaciones (para exhibirlas o no) forman parte de esa utopía. Sobre todo, porque varias décadas después de Sota, en las obras sigo viendo conductos donde no se debe, patinillos inaccesibles, climatización que no funciona, centros de transformació en lugares imposibles.

Rogelio Neria Hernández dijo...

Si bien es sugerente y significativo su planteamiento como regularmente lo son cada una de sus aportaciones entre otras cosas porque invitan a la reflexión, en ésta ocasión discrepo de Ud. ya que precisamente previo al movimiento High tech que catapultó el proyecto mencionado de Renzo Piano y Richard Rogers la arquitectura del estilo internacional en su afán por brindar edificaciones transparentes pero al mismo tiempo "cómodas" ya venía abusando de la creación indiscriminada de entornos climatizados -la disposición de una piel acristalada en las cuatro fachadas donde una bisagra que permitiera ventilación natural no estába permitida por cuestiones estéticas no dejaba otra posibilidad- y por tanto enajenados con el sitio y contexto. Si bien la disposición aparente de las instalaciones se puso de moda a partir de la década de los 80's no considero que esta situación haya sido la culpable y detonante de ese afán por desarraigarse del lugar, sería injusto quitarle ese merecimiento al movimiento moderno de Mies y Le Corbusier.

Santiago de Molina dijo...

Muchas gracias a ti, Eduardo.
Desde luego sería un buen motivo para reconciliarse con las instalaciones si fuesen de guante blanco, como esas soñadas por D. Alejandro.
Muchas gracias por leerlo y por tu jugoso comentario.
Saludos!

Santiago de Molina dijo...

Gracias por tu desacuerdo Rogelio. Efectivamente la climatización de la arquitectura viene de lejos y está muy bien el matiz que introduces. Curiosamente va aparejado también ese nacimiento de la climatización con el desarrollo del tubo fluorescente, lo que junto con el ascensor dio comienzo a la torre como hoy la conocemos.
El merecimiento de esa desconexión de la arquitectura con el lugar por tanto, te propongo atribuírsela a Willis H. Carrier y a la pareja formada por George E. Inman y Richard N. Thayer de la General Electric, inventores del aire acondicionado y de la lampara fluorescente comercial.
Los pobres Le Corbusier y Mies ya tienen bastante con haber causado otros daños.
Gracias de nuevo y un saludo!

Edward Pillajo dijo...

Me podrian ayudar con obras arquitectonicas en el que trabajen con las instalaciones tanto en fachada como en los espacios.

Santiago de Molina dijo...

Hola Edward,
Gracias por tu comentario y por la lectura. Puedes encontrar ejemplos de lo que pides en arquitectos como Kahn o en el museo Pompidou. Los ejemplos son muchos. Saludos