11 de enero de 2016

ACOSTUMBRARSE


De tanto admirar la casa Farnsworth, obra maestra de la ligereza y de Mies van der Rohe, encumbrada por encima del suelo y de si misma, hemos dejado de ver su colector. Pero ahí está, disimulado a pesar de ser grueso y excesivo. 
Ese tubo habita en la oscuridad de la casa, bajo la plataforma, como un ser deforme, como un atlante contrahecho. Ese tubo vigila sin descanso y con una sonrisa sin dientes a todo el que se acostumbra a las incongruencias que las obras maestras parecen tener que soportar. 
No se cuál es el mecanismo por el que uno se acostumbra a esas cosas y de pronto deja de percibir sus dolorosas incorrecciones. La fuerza de la costumbre aniquila ciertas faltas, las hace desaparecer, tal vez por la mera repetición de la mirada sobre ellas. Sin embargo, la mierda sigue allí. 
Por mucho que nos pese, por el interior de ese tubo invisible, bajan las aguas fecales de la señora Farnsworth. Mientras, en paralelo a esa heces, asciende el agua limpia y el resto de los suministros de la casa. Aunque invisible, esa proximidad es una guarrería doble. Aunque sea prácticamente teológica, (más que escatológica). 
¿Cómo hemos llegado a no verlo? ¿cómo se lo hemos perdonado a Mies? ¿por qué nos hemos olvidado de ese tubo vigilante en sombra?. 
Puestos a presumir de transparencia y de ligereza, y puestos a enfadar a la ya enfadada señora Farnsworth, ¿no hubiese sido mejor obviar incluso la necesidad del baño y de cocina de su casa?... Aunque duela plantearlo, ¿acaso no era una mejora la casa de vidrio que hiciera Philip Johnson sobre la idea de Mies?... 
Decía Jardiel Poncela que lo peor del infierno son los tres primeros días, es decir, hasta que uno se acostumbra. No, el problema del infierno es que aunque te acostumbres, no puedes olvidarte de que estás en el infierno. El problema es que una vez que percibes ese tubo maldito ya nunca te olvidas de su presencia. La pérdida de la inocencia es el peaje que toda obra maestra debe poder soportar.

8 comentarios:

Néstor Casanova Berna dijo...

Excelente artículo.
Supongo que el pecado proviene del deseo de abandonar la superficie de la tierra con la ligereza de la que hacen alarde las bailarinas de ballet.
Saludos desde Uruguay

Ángel Granda dijo...

Supongo que ahora no hay forma de que nos olvidemos de ese tubo, y que lo describiremos y compartiremos con todo el que nos rodee y disfrute de esta imagen con nosotros

Santiago de Molina dijo...

Gracias Néstor! Mies, desde luego era un buen bailarín. Saludos!!

Santiago de Molina dijo...

Ángel, ya lo siento. Pero ese tubo es inolvidable una vez que se ve.
Gracias y saludos!

estevez&leret arquitectura dijo...

Nunca me había fijado en ese tubo hasta que tu artículo me lo ha revelado. Hasta ese momento, siempre veía la casa Farnsworth levitando, ahora la veo como si estuviera " pinchada" sobre algo. Que poderosa es la mente pues las fotos que veo ahora, dirigen mis ojos a ese punto y ese tubo resalta de manera superlativa sobre la vivienda. Siempre existe un antes y un después que marca el fin de una etapa y el comienzo de otra nueva y el "tubo de mierda" ha hecho que la casa Farnsworth haya vuelto a la " tierra".

Monkes.art dijo...

He disfrutado leyéndolo.
No solo Mies, todos los arquitectos queremos pensar que hacemos obras de arte, pero la realidad es que la gente se caga en ellas.
¡Gracias por recordárnoslo!

Chus dijo...

Pues es verdad! Eso es lo que convierte y constata que esa preciosidad es una urna humanamente habitable !! (Eso y el retrato de la niña) Un abrazo

Santiago de Molina dijo...

Gracias estevez... Siento la pérdida de la inocencia.

Gracias a ti por pasar por aquí, Monkes.art!

Gracias Chus. Es verdaderamente una urna!.

Un abrazo a todos