4 de enero de 2016

LA CARCOMA DE LA ARQUITECTURA

El tiempo, como una carcoma insaciable, va minando sin cesar toda edificación. Nada hay que garantice la pervivencia de la arquitectura, sea eso la forma, la simbología, la materia o la institución que la sustenta. La carcoma del tiempo hace su trabajo, y orada y demuele y derriba y reconfigura su forma hasta exterminarla o trasmutarla en algo muy distinto.
Esa lenta podredumbre comienza con lo que los japoneses, dados a los matices, llaman “saba”, que significa literalmente “roña”. El “saba” es la roña inimitable, el encanto de lo viejo, el sello del tiempo sobre las cosas.
El tiempo corroe la arquitectura del mismo modo que el hierro se desmigaja cerca del mar, sin embargo y al igual que hace la carcoma, hay un aprovechamiento de la materia como una especifica forma de alimento de algo superior. De lo viejo perviven inexplicablemente algunas geometrías, algunas líneas de fuerza, algunos bastiones, apenas algunas puertas... Pero la mayor parte de las formas construidas y de los espacios intermedios se canibalizan y se rellenan de una amalgama informe, como un ser vivo que envejece pero da cabida a lo nuevo.
Como los arrecifes de coral.
Esos arrecifes crecidos sobre las raspas de la antigua arquitectura es precisamente lo que conocemos por ciudad: la historia pública y privada traducida a forma, la historia impersonal y la encarnada en individuos, grupos y multitudes. Porque el espíritu plural y único que mueve la ciudad, la fuerza que la anima y la que un día, inevitablemente la destruirá, es el tiempo, encarnado en la historia. Ella es nuestra madre y nuestra asesina: nos engendra y nos devora.
Esa transformación que sufre cada particular pieza de arquitectura hasta extinguirse es el retrato parcial de una ciudad, en perpetua construcción y destrucción, novedad de hoy y ruina de pasado mañana. La ciudad de la que no podemos salir nunca sin caer en otra idéntica. Porque las ciudades son el recipiente óptimo del paso del tiempo.
La ciudad carcomida permite que seamos conscientes del transcurrir de tiempo en una dimensión mayor que la que percibimos en nuestro propio envejecer. La ciudad, en cada esquina, permite contemplarnos injertados en una historia mayor que nuestra propia y particular historia diaria. Por eso la ciudad que habitamos es lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos.

10 comentarios:

Iago López dijo...

Si "saba" es el encanto de lo viejo, y tiene connotaciones positivas, no sería mejor traducirlo por "pátina" que por "roña" ?
En cualquier caso, una interesante reflexión.
Saludos ( y feliz año nuevo)

Santiago de Molina dijo...

Gracias Iago, La verdad es que la pátina tiene connotaciones positivas y la roña, aun siendo lo mismo, es una forma de ver desde la mirada de un occidental. Se podría cambiar. Un saludo y gracias.

Santiago de Molina dijo...

Federico, no soy capaz de recuperar tu comentario, lo siento. Pero respondiendo a tu consulta, se trata Palacio de Diocleciano en Split. Croacia

Federico García Barba dijo...

Interesante proceso de transformación. Gracia!

Musetta dijo...

¡Qué diferente resulta la aparición de esa carcoma, no del tiempo, sí de la mala construcción, de la mala elección de materiales a los pocos meses de su construcción!
La saba tiene algo de poesía que el tiempo puso en ella.
Me encanta cómo expresas tu visión, también pones poesía en los detalles, y a mí los pequeños detalles me importan.
Gracias por este blog, Santiago

Santiago de Molina dijo...

Gracias Musseta! Un saludo

Chus dijo...

Santi , que bonito post con links a diferentes y nostálgicas entradas antiguas excavadas en la recia madera del tronco de tu preciosisimo blog ! Me encanta. Boquiabierta me he quedado.

Santiago de Molina dijo...

Muchas gracias por leerlo con tanto cariño, Chus. Abrazos

Esteban López Burgos dijo...

Tanto la "carcoma" como la "roña" son, en sí mismas, Arquitectura. Nuevas, mejores o peores en su calidad, pero, al fin y al cabo, otras Arquitecturas, que toman el lugar de la/las anterior/es.

Santiago de Molina dijo...

Muchas gracias, Esteban.
Es un buen apunte.
Saludos