1 de octubre de 2012

BARANDILLAS


Alguien dijo de Don Alejandro de la Sota que era un gran “barandillero” (1). Y él lució semejante insulto como una condecoración, igual que hay quien luce galones o cicatrices, o quien pasea dos orejas ensangrentadas sobre la arena de un coso taurino.
Porque si hacer barandillas es uno de los trabajos más complejos y fatigosos del arquitecto, no hacerlas resulta aun peor. Al menos para el habitante. De las muchas cosas de que avisan las Sagradas Escrituras, de los cientos de preceptos transmitidos por Moisés a su pueblo, no hay más que uno respecto a normativa edilicia: “Cuando construyas una casa nueva, pondrás una baranda alrededor de la terraza. Así no harás a tu casa responsable de derramamiento de sangre, en el caso de que alguien se caiga de allí.” (Deu. 22:8)
Siempre ha habido arquitectos que se matan por hacer una barandilla y habitantes que se matan por lo contrario. De hecho en más de una obra maestra de la modernidad se han sufrido tragedias por ausencia de un pretil. La señora Farnsworth recurrió a tiestos con geranios y a abogados, Barragán a su propio equilibrio y Malaparte a ir en bicicleta sobre su casa de Capri, como el que pasea por la plaza de un pueblo.
Sea o no la causa de tantas enemistades entre clientes y habitantes la ausencia de barandillas, es importante hacer notar, por otro lado y sin que sirva de excusa, que las obras de arte exigen habitantes atentos a ellas, y esto se da bajo pena de muerte, rotura de huesos u otros traumatismos. Porque los monumentos siempre han reclamado atención, igual que niños malcriados.
En las barandillas, olvidadas y hermosas por tantos motivos, tratadas siempre como indeseables apéndices de las escaleras o como obstáculos normativos, se asoma, ligeramente, algo del carácter de su autor. Y a veces debido a su poca altura, ya se sabe, los hay que se descalabran.

(1) Las referencias a ese calificativo y este texto nace como apéndice a una amable conversación sobre la sobre la casa Domínguez, de Alejandro de la Sota, con ocasión de la lectura de la tesis de Miguel Ángel Díaz Camacho.

2 comentarios:

Guynot de Boismenu François dijo...

En Francia a la prueba de resistencia de las barandillas de la llama la "prueba de la suegra" (test de la belle-mère).

Es una prueba dinámica que se realiza utilizando una bolsa de tela llena de perlas de vidrio de 50 kg.
La bolsa se deja caer desde una altura de 1,20m en un movimiento pendular(600j) sin velocidad inicial e incide perpendicularmente al plano de la barandilla, y esta debe de resistir.

Yo no conozco suegra alguna que pese 50 kg, y nunca escuche una historia de suegra que pasara a traves de una barandilla, todo esto tiene mucha fantasia pero quien no soño con eso.

Aqui las barandillas son mas bien una lucha reglamentaria y no tanto arquitectonica. Muchas veces es un tema abandonado a los industriales de la barandillas o tratado con mucha crueldad como las barandillas horizontales de la gran biblioteca en Paris.
Un simple junk-accessory diria el otro.

Saludos Santiago.

Santiago de Molina dijo...

Muchas gracias por tu comentario, François.

La "prueba de la suegra" es un nombre precioso para ser una prueba de carga.

En la actualidad la normativa habría hecho imposibles la mayoría de las barandillas de los maestros. Ni esas ni las de la Opera de Garnier.

Hace poco he leído que las escaleras provocan mas muertes que los accidentes de tráfico.

Quizás la arquitectura sea, por fin, considerada
peligrosa.

Un saludo y gracias!!