24 de septiembre de 2012

CASI FISAC


Contemplada con suficiente atención, toda obra de arquitectura resulta una anomalía inconexa respecto al ser humano que la proyectó. En arquitectura la relación entre biografía y obra no resulta ni directa, ni equivalente a lo que sucede en literatura o pintura. 
En este sentido, y cuanto mayor es el paso del tiempo, quizá por eso resulta extraña la obra de Miguel Fisac. Inexplicable que un personaje alejado de la docencia, en una España aislada y en un más que complejo contexto social, viera florecer su talento. Una rareza semejante sólo cabe explicarse por una personalidad capaz de explorar con valor el significado del oficio del arquitecto desde el puro trabajo. Como si el contacto con el propio quehacer, contrariamente a lo habitual, donde las dificultades aflojan la exigencia de los menos poderosos, hubiese servido para tensar su talento y disposición hacia la arquitectura. Como si su vigor hubiese arrancado del ejercicio de vencer las dificultades diarias en la obra, con su clientela, y con la realidad.
Miguel Fisac, olvidadizo o desmemoriado, nos ha legado varias polémicas, una par de docenas de obras dignas de recordatorio y admiración, blandos encofrados como grises colchonetas de playa, un hermoso yacimiento de vigas hueso y una expresión que se repite en cada aula de proyectos como un salvavidas siempre que aparece el insalvable y trascendente escollo de lo incomunicable: su hermoso“un-no-se-qué”.
Nos ha encomendado para el futuro sus naves industriales y sus iglesias, que más allá de las formas comunes que comparten dentro de sus propias tipologías, y que han sido presentadas por él como raíces filogenéticas de un mismo tronco, han influido más allá de lo imaginable. Unos monjes chilenos reconocieron secretamente en la iglesia de los Dominicos de Fisac, por ejemplo, el origen de su obra maestra de la Capilla Benedictina en el alto de las Condes, a más de trece mil kilómetros de distancia. 
Sus obras han pasado por etapas de reconocimiento y de olvido constante. Su rareza y su talento siempre repuntan. Solo la obra fruto de una potente y cultivada imaginación es capaz de sobrevivir a tantos vaivenes. O quizás porque en realidad la suya sea una obra, pura e inexplicablemente intelectual, al margen de la intelectualidad. 
En una última y rara conferencia, se le oyó decir: “Al que no ha leído el Letarouilly, se le nota”. Casi nada.

5 comentarios:

reHabitar dijo...

Una entrada que da que pensar. Desde luego en la figura y el legado de Fisac, pero también en un hecho más transversal: que cuando un trabajo es así de constante y fructífero seguirá siendo reconocido una y otra vez porque no permite ser reducido a una tendencia determinada. puro trabajo como dices. creo que fue Picaso quien remató eso diciendo "que la inspiración me pille trabajando".

Santiago de Molina dijo...

Tal vez. Desde ese enfoque no existe la posibilidad de que haya una obra maestra desconocida.
Que es algo tranquilizador para historiadores del arte y que habla muy claramente de como se crean las obras maestras... Es decir con tiempo y muchas generaciones opinando sobre ellas.
Gracias y saludos!!

Anónimo dijo...

Me gustaría leer algo sobre el pensamiento de este "rarísimo" arquitecto. ¿Alguna recomendación en concreto? ¿Algún ensayo de él mismo?
Muchas gracias!

Santiago de Molina dijo...

Hay textos breves suyos, pero lo mejor de su pensamiento, desde mi punto de vista, se concentra en sus obras.
Saludos y gracias por participar!!

Paco Muñoz dijo...

"Carta a mis sobrinos" Miguel Fisac. Me gusto su lectura por su sensatez y sencillez. Si además estudias arquitectura, te llegara. Ese era el propósito del autor.