27 de agosto de 2012

TRAZA Y MONTEA


Es leyenda que Adolf Loos proyectaba por teléfono. Descolgaba, y al otro lado del aparato, mandaba levantar el brazo al constructor hasta la altura de los hombros. Esa debía ser la altura del zócalo. Sencillo y sin dejar huellas. Toda una novedad.
Y no tanto por la cuestión telefónica sino por esa falta de rastros gráficos para lograr una obra.
Desde que el arquitecto deja de construir con sus propias manos se ve obligado a afinar la comunicación con quienes ejecutan sus trazas. Puede que por ello se hayan hecho necesarias ciertas correas de transmisión vinculadas al dibujo desde antiguo. Sobre paredes y suelos se han acumulado habitualmente, no solo materiales, sino las instrucciones para darles orden.
Los viejos dibujos de “traza y montea”, dibujos con los que se facilitaban las líneas maestras de la obra, se obtenían plantillas, se marcaban los despieces y se realizaban detalles a escala natural, se guardan en las entrañas de la arquitectura desde tiempos remotos.
Las obras custodian en sus paredes, ya bajo decenas de capas de pintura o bajo frescos intocables, trazos inéditos de Palladio, Aalto, Borromini, o aquí, Sverre Fehn.
Sus dibujos se ocultan allí, bellamente fundidos con la argamasa y la materia de la arquitectura. Bajo esas paredes, como fósiles, se guardan, pues indirectamente, los cuerpos de sus autores. Como sepulcros secundarios.
Puede que por ello visitemos sus construcciones con doble veneración. Por la maestría de las obras y por la secreta autoridad de las órdenes dadas para lograrlas.

4 comentarios:

Guynot de Boismenu François dijo...

Hola Santiago, hay una anecdota con respecto de la «secreta autoridad» del arquitecto.
Jean Prouvé (de nuevo el) cuando se decide a ponerse por su cuenta (años 20) va a visitar a Rob Mallet-Stevens, lo atiende su jefe de agencia y le dice que este no esta.
Igual mira su trabajo con gran interes, y 5 minutos despues entra en el despacho de Rob.
Este termina pidiendole una reja para una casa en construccion, Prouvé le dice que hara un dibujo, luego una estimacion y un programa de instalacion para ser aprobados.
Rob le contesta que el no quiere un dibujo, ni una estimacion y menos aun un programa, «yo solo quiero una reja».
Al mes Prouvé enviaba la reja. Esa reja exite todavia en la casa Reifenberg en Paris.
Notable trabajo y confianza en las manos que piensan. Saludos François.

Santiago de Molina dijo...

Hola François,

No sobra hablar de Prouvé, que tiene importancia hoy más que nunca. Su forma de aproximación a la arquitectura por medio de su oficio de artesano herrero, es interesantísima.
Y la anécdota que traes, preciosa.
Sigue siendo casi toda su obra una muestra de inteligencia material imprescindible.

Gracias por traerlo a la palestra y saludos!!

Karen Hinojosa dijo...

Excelente, Santiago. Nunca lo había pensado de esa forma, pero ahora siempre que visite una de las obras que cada uno tenemos como afiches mentales, pasaré la mano por los muros y estaré pensando en lo que quizá se oculte debajo.

Santiago de Molina dijo...

Karen,
Cuidado que el vigilante de seguridad te dirá que eso no se toca!!
;-)
Gracias por tu comentario y saludos!