12 de noviembre de 2012

REDUCIR


Loos decía que había que hacer siempre la arquitectura un poco más grande o más pequeña de lo esperado. Tal vez esa extrañeza sea lo mínimo que la arquitectura pueda ofrecer. Hacer palpable la fisura entre nosotros y el mundo. 
Desde el crecimiento infantil el mundo va menguando cada año. Los objetos se vuelven lentamente amables entre nuestras manos cada vez más adultas. Y todo se detiene sin explicaciones. Sin embargo el cuerpo guarda escondida esa irrepetible sensación. 
 Hacer de ese antiguo crecimiento una espiral sin fin haría del mundo un lugar distinto. Aunque allí apenas se esconden cosas de la arquitectura que no rocen la atracción turística o de feria. 
Charles y Ray Eames recibieron el encargo de hacer una pequeña ciudad para ser recorrida en tren en 1957. Una ciudad a uno quince de su tamaño real. Con una torre de agua, edificios industriales, almacenes, y hasta una estación victoriana pintada en verde oliva y rojo. El propietario posa allí, orgulloso, en una ciudad ya destruida. 
Oíza sentía admiración por la casa Pegotti, donde apenas cabía una madre bajo su dintel de entrada, y donde en su cubierta de barquichuelo invertido, asomaba una sonriente niña, en un hueco en el que apenas cabía su cara. 
En las Vegas hay un Nueva York a uno nueve de su tamaño real. 
Convivimos como gigantes con miles de reproducciones y miniaturas. Jibarizamos el mundo como espectáculo. Imaginamos habitar maquetas. Y sin embargo, ¿Dónde empieza la arquitectura?. 
En algún lugar entre todos, existe una frontera, invisible y ceñida, donde aparece ese delicado arte del tamaño de las cosas.

5 comentarios:

Isma dijo...

Tuve hace poco esa agradable sensación de estar dentro de una casa de muñecas (colegio César Carlos).

Por otra parte, aquello que se contó que LC en su visita a NY ofreció a su alcalde cambiar toda su ciudad por un único volumen...un cubo que funcionase.

Andrés dijo...

¿Has estado en dentro de alguna casa de Wright? La caja Robie, por ejemplo parece hecha a un 80% del tamaño habitual. Un abrazo, Andrés.

Santiago de Molina dijo...

Todos los maestros saben de viejos trucos. Gracias por traer a dos miniaturistas de esa talla.
Gracias Isma y Andrés!!!
Abrazos

Miguel Villegas dijo...

Hace poco hablaba con unos amigos de un espacio mágico en casa de mi abuela en el que cuando era pequeño me comía las tostadas acurrucado en un rincón. Ese espacio era mi enorme habitación mágica.

Años después entré en una casa idéntica a la de mi abuela, con ese mismo espacio. Y ya no era tan grande ni tan mágica.

(El espacio en si era un minúsculo lavadero que tenía una gran ventana a norte con una luz deliciosa. Posiblemente la magia del espacio estuviera en las tostadas con aceite...)

Santiago de Molina dijo...

Las tostadas hacen mucho...

Muchas gracias por compartirlo, Miguel.

Abrazos