El mecanismo de domesticación es intrínseco a la arquitectura. Lo que sucede en el interior, desde la materia hasta el espacio, es un eco purificado de la agresividad del
exterior. Cada bóveda representa el frío, los astros y las nubes del cielo abierto. Las calles se convierten, en el interior, en pasillos y corredores; las plazas, en salones. Incluso la madera o el barro son secuestrados de la naturaleza para convertirse en
materia ordenada.
En el interior, por un prodigioso milagro, somos capaces de representar las afueras por completo: puede que solo convertidas en símbolos, pero libres de lo inhóspito. En ese sentido, toda arquitectura es capaz de referirse a lo externo resumido, adecuado y amable. La materia se vuelve humana, tanto como el cielo, las montañas, los ríos y los bosques. Del mismo modo que el lobo se hace perro en el interior de
la casa, una noche estrellada se transforma en el cielo pintado por Giotto en una iglesia de Padua. Cada jardín y cada huerto son una naturaleza corregida, amplificada y mutilada de sus peligros. El proceso de domesticación que lleva a cabo la arquitectura con el mundo conserva, a la vez, el anhelo del otro lado: en cada interior existe la nostalgia de lo que no ha sido capaz de introducir en su seno, del mismo modo que lo exterior anhela la sofisticación atemperada de lo que sucede cuando a la materia se le pone orden y aparece como una forma diferente de belleza que no le es propia. Igual que sucedía en la bella historia relatada por Borges entre el guerrero y la cautiva. Todo el gótico puede entenderse, pues, como la edificación de un luminoso bosque sagrado, que se repite en el
techo pintado por Leonardo como una sombreada arboleda en el Castello Sforzesco.
Entre todos los clásicos, seguramente fue
Palladio quien recurrió con más asiduidad al mecanismo de atrapar el exterior en el corazón de sus obras. En el Teatro Olímpico de Vicenza logró articular un sistema que resume el mundo dentro de un glorioso
mise en abyme, cuyo tema es una inmensa domesticación del afuera, ya sea Venecia y su cielo o la ciudad misma. En su escenario, las calles de la ciudad son el teatro de la ciudad. A la vez, un cielo pintado por Scamozzi actúa como teatro del cielo mismo. En ese juego de espejos estaríamos, de hecho, sentados en un
teatro romano, en el exterior de una fingida ciudad de Tebas, algo tan real como lo es la propia realidad del teatro como sistema de representación del mundo. Ese mecanismo interior se extiende hasta el Japón. En todos esos espacios, el mundo de la belleza humana y el de la belleza exterior se llaman mutuamente. Entre ambos hay un puente tendido. Este puente es una buena definición de lo que entendemos por el trabajo del arquitecto.