24 de mayo de 2026

ARQUITECTURA FÍSICA O QUÍMICA

“En arquitectura hay dos maneras de hacer: la física y la química. Yo opté por la física, en la que ningún elemento se mezcla con otro para producir un tercero, sino que con unas pinzas siempre puedes dar con la personalidad de cada elemento” (1). Alejandro de la Sota tuvo la intuición de que la arquitectura física y la química no solo encerraban patologías constructivas propias, sino también dos filosofías. En la arquitectura hecha de componentes, el problema de la junta se volvía el verdadero punto de conflicto, mientras que en la arquitectura conglomerada la problemática quedaba encerrada en todas las patologías que arrastra el propio hormigón: las fisuras, la suciedad y la amenaza de disgregación.
En realidad, entre la arquitectura física y la química no se extienden fronteras infranqueables, sino que ambas pueden convivir de un modo sorprendentemente afable. Hoy sabemos que, dependiendo de la escala desde la que se contemple, la arquitectura puede ser física en el nivel del detalle, pero química en el de sus materias. Claramente, la diferenciación de Sota puede extenderse mucho más allá de su literalidad. Tanto es así que este tipo de polaridades puede convertirse en un excelente mapa de situación de los signos de los tiempos.
Este tipo de diferenciación polar, tan eficaz como la de Isaiah Berlin al distinguir entre las mentalidades de zorros y erizos, la de Nietzsche para diferenciar entre apolíneos y dionisíacos, la de Eco para situarnos entre los apocalípticos y los integrados, o la de Semper al trazar líneas entre lo tectónico y lo estereotómico, ha arrojado luz sobre facetas ocultas de la cultura y del pensamiento. Sin embargo, toda clasificación implica una renuncia. Por mucho que baste aplicar este tipo de cedazos binarios para comprender algunas de las contradicciones en las que nos sumergimos a diario, la realidad y la arquitectura son demasiado complejas como para encerrarlas en dos cajones. Así que, una vez pensadas estas categorías, no dejemos de aceptar las zonas intermedias, porque somos erizos estereotómicos integrados, físicos sumergidos en la química de lo apolíneamente tectónico. O, como dice de modo insuperable Javier Gomá: “lo quiero todo”.

(1) Alejandro de la Sota, Escritos, conversaciones, conferencias. Barcelona: Gustavo Gili, 2002, p. 171.  
There are two ways of making architecture: the physical and the chemical. I chose the physical, where no element mixes with another to produce a third, but where, with a pair of tweezers, one can still grasp the personality of each element” (1). With this distinction, Alejandro de la Sota intuited not only two constructive systems with their own specific pathologies, but two fundamentally different ways of understanding the world. In component-based architecture, the joint becomes the true point of tension; in conglomerate architecture, the problems belong instead to concrete itself: cracking, staining and the latent threat of disintegration.
Yet no absolute frontier separates these two conditions. Physical and chemical architecture coexist far more amicably than such categories might suggest. We now understand that architecture may be physical at the scale of detail while remaining chemical in the nature of its materials. Sota’s distinction therefore extends well beyond its literal meaning. Indeed, such polarities can become remarkably useful maps for interpreting the signs of an era.
These binary frameworks, as effective as Isaiah Berlin’s foxes and hedgehogs, Nietzsche’s Apollonian and Dionysian temperaments, Eco’s apocalyptic and integrated figures, or Semper’s distinction between the tectonic and the stereotomic, illuminate concealed dimensions of culture and thought. Yet every classification entails a loss. However useful such conceptual sieves may be in helping us understand the contradictions of daily life, reality and architecture alike are far too complex to be confined within two drawers. Once these categories have served their purpose, we should remain willing to inhabit the intermediate zones: integrated stereotomic hedgehogs, physicists immersed in the chemistry of the Apollonian tectonic. Or, as Javier Gomá puts it so perfectly: “I want it all.”

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